viernes, 12 de mayo de 2017

La ventana



«Mi casa se fue desmoronando, el agua que se filtraba hacía

cortocircuitos con la araña del comedor, pero desde mi ventana,

se veía la llegada del tren», Malacara.


Despertó tiritando. Se levantó como un fantasma, como si hubiera
dormido más de una noche. Miró el reloj, la misma hora de cada
mañana. Levantó la persiana de la correa rota dejando al descubierto
el parche de cartón en el vidrio. El sol ya dibujaba las siluetas de los
edificios de avenida Libertador.
Ella tenía un vestido rojo, bufanda y sobretodo. Estaba parada
en el andén al lado del puente.
Recién cuando la vio supo que era viernes. Sabe que de lunes a
jueves ella usa un uniforme.
La espiaba desde siempre. Desde que tenía memoria.
Él esperaba el momento preciso, el día indicado para cruzar y
hablar con ella.
Cada mañana estaba ahí frente a la ventana de la planta alta,
acariciaba a la muchacha con sus ojos, e imaginaba que lo miraba y
le sonreía. Pero la bocina del tren lo golpeaba y ella se perdía en el
último vagón.
Nunca se animó.
A veces no aparecía, faltaba al trabajo. Entonces él sufría en silencio,
igual que los feriados y los fines de semana, cuando ni siquiera
levantaba la persiana.
Ella brillaba. Era como si una película en blanco y negro tuviera
a su protagonista en colores.
A él le llamaba la atención un señor mayor que todos los días
estaba parado al lado de ella, también parecía brillar, también era diferente.
Vestía un sombrero de paja y llevaba puesto siempre el mismo
jardinero azul, engrasado.
Odiaba las tardes. Eran sólo unos segundos en que su pelo negro
flameaba entre la gente. Todos volvían de trabajar a la misma hora y
a veces se amontonaban y ni siquiera podía verla. Él se movía como
si el marco de la ventana se agrandara, después, cuando la estación
quedaba desierta, maldecía y gritaba caminando de un lado al otro
del cuarto.
Decidió no esperarla más por las tardes, minutos antes de la
llegada del tren, bajaba la persiana.
Una mañana despertó con valor, pensó en hablarle y decirle
del tiempo que llevaba enamorado. Contarle que sabía del piloto gris
de los días de lluvia y de la blusa escotada en las mañanas de calor.
Tenía que cruzar, sabía qué decirle. Iba a confesarle que disfrutaba de
los parlantes: «Señores pasajeros, trenes con destino a Retiro, veinte
minutos de demora».
Estaba dispuesto a confesarle que el día del paro de los maquinistas
él había sido tan egoísta que rezaba para que no arribe el tren
y qué vio cuando se fue gesticulando a tomar el colectivo. Pero no se
animó. Ella tenía un gesto raro y no creyó conveniente cruzar ese día.
Una mañana la chica hablaba con el viejo del jardinero azul. Sintió
celos y comenzó a gritar fuerte para llamar su atención, ella pareció
escucharlo, miró hacia la ventana, y sí... Sus miradas se cruzaron. Él
disimuló, miró hacia el costado, se sonrojó. Luego, cuando se dio cuenta
que lo seguía mirando, le sonrió y la saludó. Pero ella lo ignoró, siguió
mirando como si nada, se tomó el tren y se fue.
Desde aquel día todo fue diferente.
Ella comenzó a mirar hacia la ventana todas las mañanas. Le llamaba
la atención la humedad en las paredes, el cartón del vidrio, y los
carteles de venta destruidos. No entendía como en el mundo moderno
podía seguir existiendo una casa tan grande. Ella estaba convencida
de que no vivía nadie en el lugar.
El viejo le contó que estaba abandonada. Que vivió un loco mucho
tiempo, un loco que no paraba de mirar por la ventana.
—No creo pero... ¿Seguirá ahí adentro, –preguntó ella.
—Dicen que hace cien años que murió, o ciento cincuenta, ya se
tendría que haber dado cuenta –dijo el viejo.
—¿Usted cómo sabe ¿No vio que las persianas se mueven.
—Mirá –continuó el hombre– mi hijo era muy creyente, y con
eso de la religión tenía remordimientos por las cargadas que de chico le
hacía al loco. Lloró mucho el día que murió. Me acuerdo la impotencia
que sentí. Lo escuché suplicando perdón, y yo que no podía abrazarlo,
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debió necesitarme mucho, pero así es la vida de los muertos. En lo de
las ventanas le voy a dar la razón, ayer estaban cerradas, pero vio que
el amor mueve...
—¿De qué le vino la locura ¿Usted sabe.
—Justamente, de amor. Estaba enamorado de una muchacha,
y no fue correspondido, o no se animó. Cuando uno no se anima
nunca sabe.
—Qué hermoso, era un romántico. Debe haber sufrido mucho.
¿De qué murió.
—Creo que de hambre, no salía por verla. No se puede estar siempre
encerrado espiando a una mujer. Eran tiempos duros, fue cuando
lo de las torres de Estados Unidos. Nadie tenía tiempo para amar. Fue
cuando las guerras. ¿Se acuerda señora.
—Sí, las guerras del siglo pasado. Yo estaba acá mismo esperando
el tren y un chico con un tablero grande de dibujo le contaba a otro la
noticia que había escuchado por la radio. Eran tiempos duros, pero yo
también creía en el amor, tenía tanta vida en ese entonces, como pasa
el tiempo. ¿Fue lo de los aviones, no.
—Claro, querida, desde ese día cambió el mundo. Vinieron las
invasiones, la unión de los europeos y los latinoamericanos. China y
Japón. Hasta dicen que por eso cayó el imperio norteamericano. Pero
no sé, dicen tantas cosas.
—¿No estará esperando todavía. Quizás siga espiando sin darse
cuenta. Yo me enteré que mucha gente se muere y nunca se entera.
—Puede ser. Quizás esté aguardando a la chica de cabellos tan
negros como los tuyos; a la que esperaba el tren, como vos también.
Por ahí no estaba loco, la gente habla. Quizás ella tampoco se...
—No se preocupe. Voy a ir por él. No ahora, por la tarde. Quizás
mañana. No, no, por la tarde. Tenemos mucho tiempo todavía.
Ya nos animaremos.

Foto desde La Alhambra, Granada, España 2014    (Carlos Caposio) 

jueves, 17 de marzo de 2016

Me duelen las calles

Es rara esta tristeza que no añora amor perdido
y sin embargo, es deseo de amor, también.

Asfixia, retuerce, caracol de la memoria.

No tiene que ver con compañeras del pasado.
Pero es, además por ellas.

¿Cómo lo explico?

No es dolor por pérdida de los que ya no están.
Más bien sí, igualmente es por ellos.

¿Logro hacerme entender?

Estoy triste pero no extraño otros tiempos.
Ni a mis padres muertos,
ni a ese arrebato de locura, adolescente.   

El amor no duele, porque amor verdadero, no muere.

Pero igual, vuelvo a ver si puedo…

Hoy siento…
Que las venas abiertas se fueron con Galeano
Que la chiva de guerrero quedó en La Higuera.

Es deseo de amor, también.
Me duelen las calles como si faltara gente.
Eso…eso es lo que me costaba explicar.

Me duelen las calles como si faltara gente. 


miércoles, 9 de diciembre de 2015

Se desprende el continente


Duele América hoy
se desprende el continente.
Los mapas sin fronteras
ahora quedan más lejos.
Llegaron los señores,
los cuadrados patriarcas.
Aunque sin armas de guerra
por aparatos mediáticos,
multiplican espejos de colores.
Hacen crecer los muros
y quiebran escalones.
Vinieron otra vez sembrando odio
y de eso solo nacen flores negras.
Duele Argentina hoy
se desprende el continente.
Inventan clásicos de barrio
contra partidos políticos
e invierten en banderas con falso cambio.
Hablan de una brisa ecuatoriana
pero es el tornado del norte.
Huele a Capitán América
a ángel de la muerte en Asia.
Digitadores de los males del mundo.
Dejaron caer sus fichas del dominó
y tienen todos números dobles.
Pero los colibríes chocan con espejos
hasta que encuentran nuevas flores.
Queda trepar con fuerza las enredaderas.
Buscar en los balcones, utopías.
Desprender camisas de alambres de púa.
No hay por qué empezar de nuevo.
Tampoco adelantarse.
Hoy el presente es una meta.

Fusión de los Géneros 

jueves, 3 de septiembre de 2015

Sin Muros



Foto: Carlos Caposio  (frontera España-África/ Ceuta-Tetuan)
Mueren intentado escapar a los países donde generan sus miserias. 
Opuesto a los muros
ellos obligan, separan.

En contra de quien obliga
de quien dice que hacer.

A un pez que nada contra un salto
el agua lo muestra quieto
sin embargo
lucha con la corriente.

Sin murallas, paredes
tapias y fronteras
el viento corre.

En los muros sólo crecen enredaderas.

La mente es libre.

En el desierto
también nace una flor.


Del libro: Cajita de Cartón: 
https://www.facebook.com/fusiondelosgeneros

miércoles, 19 de agosto de 2015

CAJITA DE CARTÓN (Comprar libro)

Cuentos, poemas y fotografías

Autor: Carlos Caposio
Ediciones: Fusión de los Géneros 
ISBN 978-987-26768-0-3
CDD - A860


LIBRERÍAS

Ciudad de Buenos Aires.


OBELISCO Obel Libros, Corrientes1230
CENTRO: CuervoManía Av de Mayo 1373
BELGRANO La Porteña, Juramento 1705.
BOEDO: CuervoManía AV La Plata 1782  
CABALLITO Librería Más, Río de Janeiro 547 esq Díaz Vélez 


Zona Norte.

SAN ISIDRO Librería Marciano, Belgrano 131. VILLA ADELINA Librería Septiembre, Paraná 6301.
SAN FERNANDO Librería El Enebro, Constitución 1120
SAN ISIDRO La Boutique del libro, Chacabuco 459

Rosario (centro) 

Santa Fé 2092 (esquina Balcarce, Frente a la Facultad de Derecho)


PEDIR ENVÍO POR CORREO AL AUTOR:
carloscaposio@hotmail.com o en https://www.facebook.com/CaposioCarlos

martes, 4 de agosto de 2015

Abuela Vava

De chico no me salía decir Elvira y le decía Vava. 


Adiós, viejita chota, no sé si dejarás de fumar, no sé
qué se hace del otro lado.
Quizás allá también sigas balconeando y echando
humo, tapadita con una frazada.
Lo cierto es que ya no me pelearás más, no puedo
prometerte que desde acá no lo haga,
yo sigo siendo un joven gruñón.
Adiós, vieja, me quedo con tu última pregunta «de
cómo salieron las elecciones»,
me quedo con esos abrazos gordos que
regalaste todo ese último tiempo.
Andá ligera, aquí quedan tus setenta y siete enseñanzas,
gracias.
Ahora subí, subí que ya sale, la nube está amarrada
en el puerto de Olivos.
Seguro pasan tango, quedate tranquila, vas a poder
cantar todas las canciones.
Subí, subí que ya sale, suelto las amarras, dale.
Allá vas, al final, al final que todos sabemos:
Elvira Rosa Caposio, volando en un ramo de nubes,
buenos vientos, vieja.


Homenaje incluido en el libro Cajita de Cartón.


miércoles, 20 de mayo de 2015

Las lágrimas no mojan

Las lágrimas no mojan
ruedan, corren, se deslizan
se evaporan en el tiempo,
vuelven desde otros ojos.

Se mezclan con la risa de la hiena,
son gotas de acero en los fusiles,
funden máscaras de sal.

No toleran los pañuelos,
ni las mangas, ni los hombros.
Viven para viajar labios y mejillas,
para gotear con fuerza en los zapatos,
para, inevitablemente, volver a la tierra.

Son bolas de mercurio
girando entre las grietas
hacia un centro universal.

Las lágrimas no mojan,
se deslizan por relojes y desiertos.
Desde cartas de la guerra
hasta tratados de paz.
Desde lápidas heladas
hasta llantos de bebes.
Desde los pies del nazareno
hasta el niño que llora en el cuadro.

La eternidad se esconde en una lágrima.

Quizás la misma que inició el juego,
la que rodó por el tablero,
la que sin mojar
vuelve desde otros ojos.



Del libro Cajita de Cartón       https://www.facebook.com/fusiondelosgeneros